Alfred Nobel amasó una gran fortuna con sus investigaciones en el campo de los explosivos, que le llevaron a descubrir la dinamita. Eran productos de gran utilidad para la minería y la construcción… pero no contaba con que también podrían ser utilizados para hacer el mal. Sin ir más lejos, en una de las muchas explosiones accidentales que sufrió, murieron su hermano y otras cuatro personas más. Así, a sus descubrimientos y su riqueza, se le unió un sentimiento de culpa debido a la destrucción que podían causar sus productos a la Humanidad. Por ello, decidió crear los Premios Nobel, que premiarían a las personas que más hubieran aportado a la sociedad en diferentes ámbitos.
Todo esto viene a cuento para ilustrar, con una conocida y célebre anécdota, que cualquier avance que logre el ser humano para su propio bien, siempre podrá ser utilizado con fines totalmente opuestos para los que se creó. Incluso la Medicina.
Expertos en armas biológicas se han reunido esta semana en la Convención sobre Armas Químicas celebrada en Ginebra y alertan de la creciente militarización de los avances en ciencias biológicas (sobre todo en Neurociencia) que podrían liderar el desarrollo de agentes para alterar psicológica y mentalmente a un gran número de personas.
En un artículo de Malcolm Dando (de la Universidad de Bradford, Reino Unido), publicado en ‘Nature’, se advierte de la creciente habilidad para desarrollar nuevos caminos dentro de la bioquímica, pero de igual manera para diseñar componentes que interrumpan estos avances. Es decir, hay igual número de adelantos que posiblidades de acabar con ellos.
Desde la convención se insta a realizar modificaciones urgentemente para asegurar que el desarrollo de la ciencia no va a ser utilizado para propósitos hostiles. Y es que, desafortunadamente, ya hay un largo historial de casos…
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