Era casi una leyenda que dos familias de origen extranjero, los Domecq que llegaron de Francia y el linaje británico de los Osborne eran prácticamente las dueñas del vino de Jerez. Ambas familias, que mantienen ciertos rasgos de identidad porque abundaban entre los actuales portadores del apellido los ojos azules y el pelo rubio además de un inconfundible aire aristocrático, habían lanzado al mundo un vino especial, sin comparación con ningún otro, y que era el aperitivo preferido por los sibaritas, especialmente en el Reino Unido. Los sibaritas del siglo pasado, eso sí.
Es verdad que esa pudo ser la realidad hace varias décadas, cuando los Beatles dejaban su firma en las barricas de algunas afamadas bodegas, pero desde apenas 30 años el panorana ha dado un giro espectacular hasta el punto de que el Marco de Jerez, la zona de producción de los vinos que se extiende por varios municipios próximos a la ciidad que le da nombre genérico, se enfrenta a un masivo arranque de viñedos, las bodegas han cambiado de manos a ritmo frenético en los últimos diez años y los mercados se están perdiendo ante la fuerte competencia de vinos lejanos pero con gran empuje de calidad y marketing.
Para empezar, Domeqc y Osborne y sus empresas respectivas ya no se reparten el negocio del vino. De hecho, Domecq vendió las bodegas al grupo multinacional Pernod Ricard que a su vez luego quiso desprenderse de ellas sin éxito porque le daban números rojos a su balance, quizás en un intento de volver a sus origenes franceses, mientras Osborne, la firma del toro arraigada en El Puerto de Santa María, ha optado por diversificar sus productos, lanzarse a la comerciación de jamón ibérico, agua mineral y vino tinto producido fuera de Jerez para mantenerse en los mercados.
Es una lástima que un sector otrora tan boyante este destinado a la desaparición
Leido en el periodico «EL Mundo»

